La comunidad GLBTI (gays, lesbianas, bisexuales, transgéneros e intersexuales) ecuatoriana celebrará este 28 de junio, Día del Orgullo Gay, con una expectativa diferente. Espera el reconocimiento, por parte de la Asamblea, de sus derechos civiles, en especial sobre un tipo de unión libre que les permita a las parejas tener un patrimonio común.

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Sin embargo, fuera de ese posible marco legal que se discute entre asambleístas, los homosexuales del país aún sienten la intolerancia por parte de la ciudadanía, incluso sobre su petición para gozar de este derecho. De acuerdo con un estudio de opinión pública, efectuado el mes pasado para El Telégrafo en 820 hogares de la Costa y Sierra del país, el 67% de la población está en desacuerdo con aprobar la unión de parejas homosexuales y un 77% se opone a su matrimonio.

Para Efraín Soria, Cordinador de Programas de la Fundación Equidad, esto se debe a que las barreras en educación no se han roto aún. “Si en los centros educativos no se habla de educación sexual entre heterosexuales, cómo se pretende que se entienda lo referente a la homosexualidad”. Esta falta de información, par él, hace que los jóvenes no comprendan este tema y mantengan ideas preconcebidas por sus padres al respecto de la orientación sexual.

Algo similar opina Oscar Ugarte, defensor de los derechos de los homosexuales. Él manifiesta que para que exista un cambio de actitud deben existir reformas en las leyes educativas. “Hay que comenzar con la educación. Esto se debería hablar y ya no ser un tabú. En América Latina se practica mucho sexo, pero no se habla de sexo”, expresa.

Sin embargo, para el pastor evangélico William Salazar, el resultado no es del todo sorpresivo, pues para su religión la homosexualidad no es una identificación viable. “Ellos la llaman orientación, pero no es una orientación sino una desviación”, opina.

Con este tipo de concepción, los miembros GLBTI sostienen que no se puede esperar que la sociedad ya acepte su unión libre, si es que ni siquiera tolera sus manifestaciones públicas. Por ejemplo, Andrés Mejía, de 19 años, es gay y vive en Guayaquil. Él acepta que en el puerto principal las personas son más excluyentes con los homosexuales. “Un día estaba en un centro comercial con mi novio. Estábamos comiendo y nos dimos un beso. En ese momento el guardia nos botó, yo le reclamé y él dijo que era por exhibicionismo”, recuerda.

Neptalí Arias, presidente nacional de la Fundación Amigos por la Vida (Famivida), sostiene que la discriminación sí muestra variables en el país. Mientras en la capital hay una agenda de apoyo a la comunidad, en Guayaquil “solo para sacar el permiso para la marcha ha sido difícil. En el 2000 nos sacaron con policías. Ahora dan el permiso de boca”.

Esa percepción de diferencia también la percibe Andrés. Él, cuando transita con su pareja agarrado de la mano, debe soportar que la gente empiece a murmurar, situación que no es similar en otras ciudades. “En Quito existe mayor tolerancia porque la gente nos acepta de manera diferente”, explica.

Él no se equivoca. La capital es la primera en el país en garantizar el derecho de su comunidad, pues en diciembre de 2007, aprobó la ordenanza 240 de “Inclusión de la diversidad sexual en las políticas del Distrito Metropolitano”.

Soria, de la Fundación Equidad, destaca que la ordenanza capitalina consiste en declarar a Quito como una ciudad libre de homofobia, luchar contra toda manifestación de estigma y discriminación por orientación sexual.

Margarita Carranco, concejala de Quito, explica que los activistas del colectivo GLBTI son parte del Consejo de Equidad del Municipio y se está trabajando para formular políticas públicas, para ser replicadas en el resto del país.

Al respecto, Jhonny Terán, presidente de Asociación de Municipalidades del Ecuador (Ame) y alcalde de Babahoyo, puntualiza que no existen leyes que promuevan la discriminación. “Cualquier persona puede transitar por las áreas públicas siempre y cuando no realice actos inmorales”, explica. Pero a la par añade que un beso efectuado en público, ya sea por homosexuales o heterosexuales, se concibe como un acto inmoral.

Así hay más ciudades que no pueden tolerar aún una manifestación social GLBT y menos una unión civil. Soria destaca que en localidades como Riobamba y Latacunga la homosexualidad es perseguida “porque son ciudades pequeñas, conservadoras y en dónde el colectivo gay aún no tiene espacios de inclusión”.

En El Oro, según Karem Paz, transgénero y miembro de la Red Trans de esa provincia, algo similar ocurre allá y se refleja en el área laboral donde se inserta el grupo. “A causa de la intolerancia, las personas trans son meseras, laboran en gabinetes o se dedican a la prostitución”, dice.

En Tulcán, Carchi, existe un grupo de 15 personas que forman parte del colectivo GLBT afirma Juan Ibujes, uno de sus miembros. Él señala que allá todos “aparentan ser heterosexuales e incluso cuando queremos farrear nos resulta mejor irnos para Colombia en donde el tema es más aceptado y hay bares de ambiente”.

Fuente: el telegrafo/ ecuador